miércoles, 24 de setiembre de 2008

Sufrir para crecer


Esta es la historia de un muy buen amigo mío. No voy a decir su nombre, pero es el tercero de cuatro hermanos y tiene 27 años, piensa en casarse y ya está haciendo planes. Dice que lo hará dentro de tres años, cuando cumpla 30. Reside en un gran apartamento y está un paso de comprar su casa propia.
Era un poco tímido, de esos chicos que se escudaba siempre tras el grupo cada vez que las cosas queman. Pero hace muchísimos años, siendo adolescentes, fuimos a una chacra a sacar pacaes porque nos moríamos de hambre y porque pensábamos que era mejor guardarlos en nuestros estómagos antes que se pudran en el árbol.
Así, él se trepó al árbol y yo, más cómodo, le esperaba abajo. Pero cuando bajaba, con pacaes guardados en la cintura, el dueño de la chacra apareció y le correteó varias cuadras sin dejar de pegarle con una manguera, tan violentamente que su espalda quedó marcada y su polo manchado de sangre. Lloró como un niño. Por temor a que sus padres le reprendan durmió en mi casa. Esa noche, recuerdo, apenas cerró los ojos y se la pasó mentándole la madre a aquel despiadado campesino.
Al día siguiente regresamos a la chacra, me dijo que le esperara y él sacó una honda con la cual rompió todas las lunas de la casa y huimos tan rápido que nunca nos alcanzaron. Después de aquello lo noté diferente. De la calle pasó de lleno a los estudios, salía poco y era otro tipo. Una vez me dijo que regresaría a esa chacra para increparle al agricultor todo el dolor que le hizo por unos pacaes.
Pensé que esa dolorosa lección lo tomó demasiado a pecho. Sus padres querían que trabaje cuando terminó la secundaria, pero él se negó e insistía en ir a la universidad. Y lo logró. Ingresó en el cuarto puesto de Ingeniería Agroindustrial. En verano consiguió un empleo en una fábrica pesquera y trabajaba de noche.
Cierta vez me invitó a su casa y me comentó todos sus proyectos: que tendría una gran empresa, que sacaría de la pobreza a sus hermanos y sus padres, que saldría del barrio, que tendría una gran casa, que se casaría… A los 22 años, después de ahorrar su dinero, fue al muelle y compró la mayor cantidad de pescado. Invirtió cerca de 1.500 soles. Y ganó 3 mil. Compraba y vendía. Era un tipo increíble, con una capacidad de convencimiento y negociación que me asombraba. En medio año ya había ganado 50 mil soles, dinero con el que se compró un camión de segunda para trasladar toda su mercadería.
Dejé de verle por un largo tiempo. En su cumpleaños número 27 fui a visitarlo a su casa, pero sus hermanos me contaron que vivía solo, en el centro de la ciudad. Nunca lo ubiqué, pero semanas después lo encontré camino al trabajo y acordamos salir en la noche para tomar unos tragos. En un bar hablamos de nuestras vidas. Él tenía una mente dedicada a los negocios. De aquel camioncito viejo no quedaba nada y ahora tiene siete traíler, maneja un capital de medio millón de soles y está pensando en tener una constructora. Después de siete cervezas me confesó que estaba enamorado, que pensaba casarse, pero primero debía cumplir un reto: comprarse una casa.
Hace un mes, cuando regresé a casa de mis padres, le encontré yendo al trabajo. Lucía feliz. Había hecho todas las gestiones para comprarse la casa. En su auto me llevó a verla; cuando la vi me quedé boquiabierto: era la chacra aquella y el campesino que le marcó la espalda con la manguera le vendió a un precio barato, desesperado porque no tenía dinero y porque estaba enfermo.
En estos días tendrá todos los papeles para tener la casa a su nombre y ya piensa en remodelarla. Pero el árbol de pacae, ése que trepó cuando tenía hambre, lo dejará intacto, esperando que algún día sus hijos coman de sus frutos.

(Con)viviendo con el enemigo


En la casa de María del Carmen Polo no hay desodorante o perfume que valga. Han probado de todo y no han podido sacarse de encima ese hediondo olor a harina de pescado que está impregnado en su casa, ropa y cuerpo. Dicen que el humo de las fábricas pesqueras es como un estigma para quienes viven en la “Florida Alta”.
María es una mujer de 38 años y toda su vida la pasó en este barrio afectado por la polución. Si pudiera pedir un deseo, sería que la lleven con sus hijos y su esposo a cualquier otra ciudad para escapar de este lugar.
Sin embargo, ella pisa tierra y no quiere soñar. Ese deseo nunca se hará realidad si no consigue dinero, mucho dinero, para comprar otra casa en otra zona e irse de la sétima cuadra del jirón Huancavelica. Dice que Nuevo Chimbote es el lugar de ensueño, donde su pequeño Carlos Jesús y el niño que lleva en su vientre podrían jugar, comer y dormir sin taparse la nariz o esconderse debajo de una sábana.
María sonríe para la foto, pero la procesión va por dentro. A diferencia de miles de chimbotanos, quienes festejan cuando se levanta la veda y cuando la pesca está en pleno auge, ella y un grupo de vecinos viven días de angustia. Les damos toda la razón.
De solo mirar las inmensas chimeneas y las máquinas de la fábrica de TASA (ex Sipesa), ubicada a solo 15 metros de sus casas, nos imaginamos la gran cantidad de humo que va a parar a sus hogares. María no se lo imagina, María lo vive. Ayer leyó el titular de portada de los diarios y sus temores empezaron de nuevo: la veda se podría levantar.
“Usted no sabe cómo vivimos cuando esas máquinas empiezan a trabajar… Es horrible. Todo ese humo viene para acá y la bulla de los motores es inacabable, día y noche durante varias semanas”, cuenta María mientras deja a su hijo Carlos Jesús dar sus primeros pasos en su sala y se frota el vientre, mirando al niño que en tres meses tendrá en sus brazos.
“No sé qué futuro le esperará. Le daré todo mi amor y protección”, refiere con melancolía. El pequeño Carlos Jesús ahora sonríe con su madre, pero en épocas de pesca, su cuerpecito se llena de granos y sus ojos lagrimean a cada instante. Son las consecuencias del humo de las fábricas.
“Qué voy hacer, a la mala tengo que adaptarme y buscar la forma que este problema afecte a mi familia lo menos posible”, responde resignada.

RESPIRAN LO IRRESPIRABLE
Betty Panta Castro (54) es una vecina de la sétima cuadra del jirón Huancavelica. Se crió en este barrio y sus seis hijos también. Solo uno ha podido comprar una casa en Lima. Mirando al cielo y frotándose el rostro, cuenta que tres de sus seis hijos han padecido alergias, excemas, picazones y enfermedades bronquiales.
“En jornadas de pesca este barrio se convierte en un infierno: nuestras casas y la calle se cubre por un inmenso manto blanco y pestilente”, cuenta.
Betty Panta y María Polo están enteradas del informe que propaló que el Consejo Nacional del Medio Ambiente (CONAM), el cual advierte que la calidad de aire de nuestra ciudad no es aceptable debido a la presencia de elementos contaminantes como el dióxido de azufre, material particulado y dióxido de nitrógeno originados por el parque automotor, la planta siderúrgica y, principalmente, por las fábricas pesqueras.
“Les pediría a esos señores (del Conan) que vivan por acá para darse cuenta de lo que es contaminación. Me alegra que se haya presentado ese informe, pero me parece que debieron decirlo hace muchos años y no ocultarlo para que de una vez las autoridades tomen acciones”, refieren las moradoras.
Gloria Ortiz también está de acuerdo. Su historia es muy similar a la de todas sus vecinas. Por falta de dinero no ha podido mudarse de casa, pero lo poco que ahorra le ha permitido acondicionar su vivienda para evitar que el humo de las pesqueras se extienda en todos los rincones de su hogar.
La señora Gloria explica que a la fuerza ha tenido que aprender a convivir con este pestilente olor. “Es vivir con el enemigo, quisiera irme de esta lugar, pero mi situación económica no me lo permite”, lamenta.
Hoy duerme tranquila porque la industria pesquera aún no enciende sus motores, esas máquinas que le dan trabajo a muchos pero matan lentamente a otros.
El último de los tres hijos de Gloria, de 18 años, padece de asma, una enfermedad bronquial adquirida cuando tenía 9. El tratamiento médico le valdrá poco si sigue respirando ese aire contaminado. La contaminación no solo está en el humo de las fábricas, también lo está en el polvo que sin querer inhala cuando un carro pasa por su casa, en las paredes manchadas por las emanaciones, en la ropa que dejó expuesta demasiado tiempo al sol.
Esmérida López Flores (28) es otra de las entrevistadas. Esta joven vendedora de dulces y frutas aún no entiende por qué su madre se dejó engañar tan fácilmente al comprar una casa en el jirón Lima 788. Dice que la adquirieron a bajo precio. Seguramente los dueños querían deshacerse de ella pero ganando algo. A la espalda de su hogar, se encuentra la planta de TASA
“No pensé que esto iba a ser así. De noche no se puede dormir, me salen granos, mis ojos lagrimean y me pican, no puedo estar tranquila porque el ruido es insoportable”, manifiesta.
Esmérida ya tiene ocho años soportando las fuertes emanaciones, tiempo en el que ha sufrido enfermedades como excoriaciones y bronquitis. Pero ella no es la única. La joven no tiene hijos y asegura que la mayoría de sus vecinos también padecen algún mal como consecuencias del hedor de las fábricas pesqueras.
Sus vidas parecen estar condenadas porque respiran lo irrespirable. Nadie de la “Florida”, “Miramar, “La Libertad”, “El Trapecio”, “27 de Octubre”, “Miraflores” y “San Juan” se salva de los humos y el olor insoportable del procesamiento de la harina y el aceite de pescado que se propaga lenta y nocivamente por estos barrios.
La población que vive en las cercanías de las fábricas pesqueras tiene que aprender a convivir con enfermedades a la piel, males respiratorios y un mar enfermo con los desechos de las empresas procesadoras que convirtieron la bahía El Ferrol en el puerto más contaminado.

La Policia no marcha sobre ruedas


Frente a la Sección de Investigación Criminal (Seincri), una de las unidades claves de la Policía, una camioneta Nissan ploma está estacionada casi todo el día. Los agentes solo lo utilizan para trasladar a los detenidos a la carceleta judicial o al Ministerio Público, sedes bastante cercanas a esta delegación especializada.
La camioneta es usada también para el traslado del personal administrativo y una que otra vez para trasportar a los efectivos a una comisaría del sector. Sin embargo, utilizarla para un operativo o una persecución es algo imposible.
La camioneta ploma tiene más de 20 años de antigüedad y más ha pasado tiempo dentro de un taller de mecánica que persiguiendo a delincuentes. Un auto Tico podría dejarlo a kilómetros de distancia si tan solo pone el acelerador.
Es una realidad que vive la Seincri, por eso los agentes alquilan carros particulares para ejecutar operativos o acciones de inteligencia.
Esto es solo una muestra del actual estado en que se encuentran los patrulleros, motos o autos de propiedad de la División Policial de Chimbote. Nuestro diario acudió a la mayoría de delegaciones y comprobó la pésima situación en que están las unidades y, lo que es peor, que a la fecha no se avizora un nuevo equipamiento de la flota para ninguna de las comisarías.

DOS VEHÍCULOS PARA 33 PUEBLOS
La comisaría 21 de Abril es una de las delegaciones que abarca una amplia jurisdicción. Sus 14 efectivos están al pendiente de lo que pueda ocurrir en 19 asentamientos humanos y 14 pueblos jóvenes como “EL Porvenir”, “Dos de Mayo”, “Santo Domingo”, “La Unión”, “La Esperanza”, “Miramar Bajo”, “El Carmen”, así como centros poblados como Cambio Puente, Tangay, 14 Incas, Rinconada, entre otros.
La Policía estima que en todas estas zonas aproximadamente habitan 40 mil personas. Para recorrer diariamente gran parte de las calles, la comisaría requiere, por lo menos, cuatro patrulleros bien equipados con radios y teléfonos Nextel. Sin embargo, todo ello queda en la intención, pues esta delegación, aunque parezca increíble, solo cuenta con un patrullero y un porta tropas o comancar. Sí, como lo lee, solo dos unidades -antiguas por cierto- tiene el “21 de Abril” para el resguardo de las peligrosas calles de “Dos de Mayo”, “La Unión” y “Cambio Puente”.
El patrullero está operativo y el comancar también, sin embargo no están en condiciones para circular por trochas carrozables o pistas sin asfaltar. El portatropa fue repotenciado hace unos 20 años y el otro vehículo hace 15.
“Estas unidades son utilizadas para las labores de prevención, pero de producirse una persecución no podríamos hacer nada porque nos sacarían ventaja”, comentó un agente del “21 de Abril”.

ALTO PERÚ
En esta delegación la situación aún es más alarmante, pues pese a estar ubicada en una de las jurisdicciones más agobiadas por el pandillaje y la delincuencia común, solo cuenta con una camioneta blanca de 15 años de antigüedad, la cual a las justas puede arrancar unos kilómetros.
“Alto Perú” fue atacado hace un año por pandilleros en represalia porque los agentes capturaron al líder de a pandilla “Los Torontos”. Los efectivos persiguieron a los delincuentes en Ticos alquilados pues le era imposible utilizar la camioneta para perseguir a los malhechores. Por enésima vez, ayer este vehículo estaba en reparación.
El mismo drama se vive en la comisaría La Libertad, que también cuenta con solo una camioneta para una población de 30 mil habitantes. Esta unidad fue asignada hace 18 años. Los policías refieren que está operativa, pero ese es solo un término que utilizan para decir: “arranca, pero hasta ahí nomás”.
En “San Pedro” la cosa sigue igual. En una zona azotada por el pandillaje y los asaltos al paso hay una sola patrulla que nada puede hacer de darse una persecución. Este vehículo, con 15 años de antigüedad, constantemente sufre averías.
La comisaría de Chimbote, encargada del resguardo del casco urbano, “El Acero”, Bolívar Alto”, entre otros pueblos aledaños, tiene un solo patrullero, pero en mejores condiciones. Sin embargo, los agentes consideran que es necesario la dotación de una nueva unidad pues un solo vehículo no es suficiente para tan amplia jurisdicción.
En Nuevo Chimbote el panorama es un poco alentador, pero no deja de preocupar el insuficiente número de unidades, pues la población supera los 100 mil.
La comisaría Buenos Aires cuenta con tres patrulleros en buen estado. La diferencia es que estos vehículos, con 5 años de antigüedad, ya comienzan a sufrir desperfectos mecánicos debido al excesivo uso, pues las unidades recorren una extensa zona.
“Están divididos en tres zonas: San Luis, Las Brisas y Ppao, sin embargo tienen que cubrir otras áreas como Tangay Bajo, Bellamar, Garatea, lugares amplios. Por lo menos en esta jurisdicción deben haber unos 6 patrulleros”, refirió un efectivo.
La situación no solo es preocupante en las comisarías de Chimbote. También lo es en las unidades especializadas. El Departamento Antidrogas (Depandro) cuenta con una camioneta y una moto en mal estado. Lo mismo sucede en la Dirección de Seguridad del Estado y el Departamento de Robo Vehicular, ambos con una solo motocicleta. La oficina de Inteligencia solo tiene un auto viejo y una moto en iguales condiciones.
La Policía de Tránsito trabaja con 13 motocicletas antiguas y la Unidad de Servicios Especiales con 2 porta tropas.

LA OTRA CARA
Pero no todo anda mal en la Policía. El Escuadrón de Emergencia y las Águilas Negras son las únicas unidades que han renovado su flota. La primera opera con 6 unidades en buen estado y la segunda ha mejorado el resguardo de las entidades financieras luego que la Asociación de Bancos (Asbanc) donara tres motos totalmente equipadas y una moderna camioneta.
Aun cuando estas unidades han mejorado, el resto de las delegaciones carecen de vehículos y casi nada aportan para combatir a las bandas organizadas que cada vez se desplazan en modernas camionetas robadas.

El sueño de San Pedro


“Tú, has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos, tan solo quieres que yo te siga. Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. En la arena he dejado mi barca: junto a Ti buscaré otro mar…”

Yo fui de carne y hueso como todos ustedes; fui pescador pobre y nadie daba medio pelo por mi; mis redes estaban viejas de tanto coser; mi barca, apenas podía sostenernos en el lago Genesaret; mi hermano Andrés decía que un día llegaremos lejos, pero yo replicaba que seguiría en la pobreza y la mediocridad.
Yo era rudo y hablaba con coraje, quizá por la rabia de saber que todos los días sería igual. Lo que ganaba me servía para emborracharme; si sobraba, le daba a mi mujer. Vivía con mi suegra en la aldea de Betsaida, en la región de Galilea. Me gustaba pelear y enfadar a los demás.
Si me buscaban, me encontraban. No soportaba reproches; mi mujer sufría de martirios y yo nunca la comprendí. Vivía mi propia vida, sobre el lago y mi barca. El alcohol ayudaba a ahogar mis penas. Nadie me iba a cambiar; solo mi hermano insistía para predicar el evangelio con Juan el Bautista, ese hombre que bautizaron en el río Jordán.
Lo escuché por cansancio. Dios estaba con todos, menos conmigo, decía. Un día, una extraña sensación me escarapeló el cuerpo. Era de día. Un hombre, de unos 30 años, cabellos largos y castaños y barba crecida, se acercó a mi a mi y me dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas (que se interpreta como Pedro).
Yo no lo oía, lo escuchaba. Dios se acordó de mi, era su hijo. Señor, me has mirado a los ojos; no has buscado ni a sabios ni a ricos, tan solo quieres que te siga. Yo, pescador, en la arena dejaré mi balsa y junto a Ti, buscaré otros mares.
Señor, los hombres te han crucificado, perdónalos, no saben lo que hacen. Tu palabra siempre estará conmigo. Viajaré por todos los mares y te prometo, Señor, que los guiaré y les enseñaré tu palabra.
El viaje fue largo y no recuerdo cuándo ni cómo llegué a una hermosísima caleta, de mar tan azul como el cielo y arena tan suave como tus sentimientos.
Era maravilloso. Unas barcas viejas como la mía reposaban sobre su mar. Sobre ellas, dos pescadores jóvenes sacaban su riqueza. Hablé con ellos y, tímidos, me comentaron sus esperanzas. Decían que esta caleta será un día un gran puerto, con gente buena y trabajadora, con industrias limpias que darán empleo a sus hijos y su futura generación. Soñaban como niños. Señor, haz que su deseo se haga realidad.
Caminé para visitar a su gente y conocer su ciudad. Habían pocas casas, la actividad giraba en torno a la pesca artesanal, como en mi tierra. También habían enormes campos de cultivo de maíz y camote. Me parecía perfecto y decidí quedarme un tiempo por acá. Me emocionaba pensar en el futuro de esta linda caleta.
Una noche, después de una larga caminata, me eché a dormir sobre la arena, frente al mar azul. Estaba tan cansado que mi sueño fue largo, pero aterrador.
Soñé que los dos jóvenes pescadores ya no estaban sobre sus barcas. El mar no era azul sino negro; ya no había la arena blanca sino enormes piedras que defendían una ciudad de la furia del mar. Lo que era peor, unos enormes fierros se ensañaban con el cielo arrojando inmensas humaredas blancas. No entendía lo que pasaba. Las lanchas fueron cambiadas por monstruosos barcos depredadores.
Las calles estaban llenas de gente. Cuando pregunté por qué dañaban al cielo y por qué mataban nuestro mar, todos me respondían mal. “Es el progreso”, decían unos. “Gracias a ello hay pan en nuestras mesas”, afirmaban otros.
Seguí mi camino sin rumbo por la orilla y no dejé de sorprenderme cómo arrojaban sin parar aguas negras y pestilentes al mar, muy cerca donde jugaban niños descalzos y desnutridos. No podía creer que sobre ese sucio mar unos pescadores estaban sacando peces para comer y vender.
Desesperado y aturdido caminé hacia el oriente creyendo que la cosa sería otra, pero me equivoqué. Era igual o peor. Tres muchachos fumaban angustiados y frente a ellos una pobre mujer era asaltada sin piedad. Con cuchillos y una extraña escopeta –trampera le dicen ahora- huían los agresores.
Quería despertarme y no podía. Morros de basura en las esquinas, gente alimentando este nauseabundo desperdicio, orinando a vista y paciencia de todos. Un anciano me dijo que no le tomara importancia porque eso era cuestión de todos los días. Antes de partir me advirtió que tomara otro camino porque por ahí asaltaban y no había policías que me defiendan.
Me detuve un momento para meditar qué había pasado. De pronto, un jovencito trepado sobre un carro me gritó irrespetuoso: “si no vas a subir muévete tío, que no dejas subir a la gente”. Dicen que son las combis y que por una ‘quina’ arriesgan la vida de sus pasajeros.
No podía imaginar cuánto creció la ciudad. Caminaba sin parar hasta llegar a una plaza. El sol era muy fuerte y me senté a reposar en una banca; no pasó mucho tiempo y una mujer robusta y de fuerte perfume se acercó y me susurró en el oído: “Para ti, son 10 soles”.
Las horas pasaron y ya era de noche. Me extrañaba ver a esos jóvenes vestidos con ropas de mujer; o a esos adolescentes atacándose sin razón, con cuchillos y armas de fuego. Les dicen pandilleros.
Mientras todo eso sucede, el humo de las fábricas seguía matando a la gente. Quise hablar con los dueños de estas empresas, pero me dijeron que no vivían en esta ciudad, que habitaban con toda su familia en una lujosa casa de Miraflores, en Lima, y que solo llegaban para cobrar su dinero.
Señor, entré a un templo para pedirte que me expliques qué había pasado. Mientras oraba, escuché cuando una pareja de esposos te pedía ayuda porque sus problemas personales los agobiaban, pero miraban con desprecio al pobre niño que solo quería venderles caramelos para comer.
Era 29 de Junio y un mar de gente alzaba una imagen de yeso poco parecida a mi. Me adoraban y pegaban dinero sobre el traje. Al preguntar quiénes eran estos señores de relojes y collares dorados, me dijeron que eran los dueños de las fábricas. Veinte soles era el precio que pagaban por contaminar el ambiente y matar a mi gente.
Después llevaron la imagen sobre un bote y la obligaron a pescar. Dicen que los 12 meses siguientes serán buenos si la pesca de hoy también lo es. No sé que decirles. Pobres ustedes, piensan que esa efigie me reemplaza y le piden mi bendición, incluidos a esos empresarios que destruyen mi mar.
No pude soportar más y desperté asustado. En verdad fue una terrible pesadilla. Una hermosa caleta como esta no puede convertirse en todo eso. Esta caleta será una tierra de promisión, donde empresarios y trabajadores luchen por un futuro beneficioso, sin opresión de uno ni beneficio de otro. Esta caleta la llamaré Chimbote. Ustedes, jóvenes pescadores, construirán sus esperanzas y cosecharán sus triunfos.

Cuando la carga se hace pesada


Cuando “Lucho” asegura que tiene una carga pesada, no exagera. Dice una gran verdad. Porque, para ayudar a su familia, este joven se parte el lomo cada mañana sin medir que algún día su cuerpo pagará las consecuencias de hacer tamaño esfuerzo para ganarse la vida. A sus 18 años –aunque parece de 25- ya conoce lo que es el fuerte dolor de espalda. Y todo por llevarse unos 15 a 20 soles al día.
Hablarle de vacaciones, CTS, horas extras, seguro u otro beneficio laboral es mofarse en su cara, pues lo único que conoce este joven es trabajar duro para ganar de sol a sol hasta que el mercado El Progreso luzca despoblado. A veces trabaja ocho horas, otras cinco o nueve, no importa. Lo que a él le vale es conseguir la plata. Y por cada saco, gana 0.70 céntimos.
Pero Luis Castillo Campos tiene otras metas. Lo de estibador y triciclero es solo un trabajo temporal, aunque no sabe cuánto tiempo más seguirá cargando sacos de hasta 70 kilos. Quizá hasta que su columna le diga basta. “Lucho” quiere estudiar y está juntando de a poquitos.
“Tengo que salir de este trabajo, pero ahora me es difícil”, dice brevemente porque no tiene tiempo para conversar. Le esperan unos 20 sacos de papas, cada uno de 50 kilos, que debe llevar, primero, sobre sus espaldas y, luego, en su triciclo por más de dos cuadras. Y no se queja.
Walter Acuña Lizardo (42) duró cuatro años trabajando de estibador en “El Progreso”, tiempo suficiente para darse cuenta que tenía que parar si quería seguir caminando sin ayuda de un bastón. Se le ve bastante serio cuando dice que, en su juventud, cargaba hasta 200 sacos al día, de 6 de la mañana hasta las 3 ó 4 de la tarde.
Ahora, Walter es comerciante de papas, sin embargo el levantar y llevar sacos todavía es parte de su rutina, pero en menor intensidad. Si antes cargaba 200, hoy apenas unos 5 ó 10 para acomodarlos en su negocio. “Es un trabajo que te mata de a pocos y no recibes nada a futuro. Todos acá vivimos del día a día, de la habilidad en el trabajo, de exponer nuestros cuerpos. Y se gana de sol en sol”, comenta Walter, quien también dedicó algunos años de su vida como triciclero.

TRICICLOS CON PLACA
Le parecerá una broma, pero no lo es. Si los tricicleros no registran plenamente su vehículo de trabajo, entonces están expuestos al decomiso de sus unidades ¿Y quién se encarga de semejante incautación? Pues el personal de la oficina de Transporte del municipio provincial. Así como sancionan a los colectivos o combis que no cuentan con tarjeta de circulación, también le aplican la misma sanción a estos vehículos que funcionan a puro pedal.
Por eso, el triciclo de Isaac Crisanto Bonifacio (53) ya está totalmente formalizado: RD 9900, se lee en la parte posterior. “Es que siempre hay operativos y ya una vez me decomisaron, teniendo que pagar 3 soles y luego hacer un papeleo que te quita todo el día”, cuenta, agregando que anualmente paga 20 nuevos soles por derecho de rodaje, además de otros pagos por tarjeta de control y circulación.
“El municipio nos exige formalizarnos”, agrega este triciclero con 20 años de experiencia en el “rubro” y que aún a su edad le da duro todos los días para ganarse la vida, trabajo que le ha permitido sacar adelante a sus tres hijos, hoy ya mayores de edad.
Su jornada empieza a las 6 de la mañana, aunque algunos días suele llegar a las 8. “Si conoces el negocio puedes llevarte 20 soles, pero si eres nuevo haces unos 10 soles. Todo es habilidad, pero trabajas todos los días y si descansas no ganas”, refiere Isaac.

PA’ TRABAJAR NO HAY EDAD
Aunque dice que solo ayuda a su hija, lo cierto es que Cirila Milla Ramírez (73) no ha parado un solo año de trabajar y no lo hará mientras las fuerzas le acompañen. “Vendiendo es mejor que estar sentada viendo televisión”, comenta la anciana vendedora de papas que encontramos en el mercado El Progreso. Como había paro de transportistas, ese día no tuvo muchas ventas.
Los viernes, sábado y domingo son sus días preferidos porque hay mayor venta. “Otros días son menos cansados, pero ganamos poco”, lamenta sin importar que los años de trabajo le han pasado la factura y su débil cuerpo ya está pagando las consecuencias de una chamba que no paga horas extras ni seguro pero que le dignifica el alma.
Ellos, que no figuran en las estadísticas de la Población Económicamente Activa (PEA), forman parte de un sector informal que no conoce de ningún beneficio, pero que a base de esfuerzo y con mucha dignidad han sacado adelante a su familia. Para ellos un merecido homenaje.